Miraba a esos niños con mucha ternura y amor, mientras ellos pedían que les relate una historia. Ana, mujer de largos cabellos negros y mirada firme, pero triste al mismo tiempo, se acomodaba entre los cojines y abrazando a la más pequeña empezaba su relato. Leer historias era una actividad que solía hacerla cada año, incluso hasta llevaba tortillas hechas de harina de trigo y cebada, adornadas con trozos de dulces higos y pasas de uva negra. Era el postre favorito que le gustaba a su esposo, hombre de rostro adusto, pero muy cariñoso con ella.
Las historias casi siempre eran las mismas y las preguntas también. Los niños formaron una bulliciosa cadena alrededor de ella y atentos esperaban el inicio del relato, mientras comían sus tortillas siempre a la sombra de un encino. El inicio siempre era el mismo. Ana, llevándose el índice derecho a sus labios y haciendo un ademán de silencio, empezaba con el clásico: “Había una vez…”
Algunos padres ya la conocían y dejaban a sus hijos con ella. Los niños absortos contemplaban a la mujer de unos cuarenta años aproximadamente. Su esposo ni la molestaba. Sabía que a ella le gustaba relatar historias a los niños al costado del tabernáculo en Silo, que era el lugar de adoración de los israelitas.
Cuando terminó de hablar todos estaban atónitos, nadie se atrevía interrumpir la solemne quietud que reinaba en el ambiente. Pasaron unos segundos que eran como una eternidad, hasta que llegaron las preguntas.
– ¿Por qué el agua del Mar Rojo se detuvo?, interrogó Abigail con su mirada vivaracha, mientras se arreglaba sus rubias trenzas.
– Es que Dios tenía un plan para el pueblo, contestó Ana, sonriendo y acariciando el rostro de la pequeña.
– ¿También hay un plan para nosotros?, preguntó Miguel, quien tenía una rama de olivo en la mano.
– Claro, siempre hay un plan para la vida de cada persona, dijo Ana colocando su mano sobre la cabeza del muchacho, quien se quedó pensativo por unos segundos. Luego se levantó para irse, pero antes besó la mejilla de Ana. Todos hicieron lo mismo, tal como ocurría en Ramá, ciudad donde vivían.
Se fueron con la promesa de regresar pronto y escuchar otra historia, pero Ana, aún sentada sobre los cojines se dejó caer sobre ellos y miró fijamente el tul rojo que servía de cortina en la entrada de la tienda que había levantado en Silo, cerca del tabernáculo, su marido Elcana. Ellos habían ido a ese lugar para ofrecer sacrificios a su Dios.
El viento jugaba con el tul llevándolo hasta rozar casi las cuerdas que sostenían el techo y Ana mirada el vaivén de la fina tela en la puerta de la tienda. Sentía en su rostro la arenilla que traía el viento del desierto, mientras por su mente pasaba un sinnúmero de pensamientos sin respuesta alguna. Recordaba la frase dicha a Miguel, “siempre hay un plan para la vida de cada persona”.
Ella quería que sus propias palabras sean una realidad en su vida. Una cosa era decirlo, pero otra cosa, era vivirlo en carne propia. Tenía una gran anhelo en su vida que le traía mucho dolor.
Luego de permanecer en ese estado unos minutos, se levantó para cerrar la tienda, pero vio en la puerta de la otra tienda a Penina, la concubina de su esposo y madre de Miguel. Pero antes de volverse ya había recibido esa mirada penetrante y hasta soberbia de su inusual contrincante. Ella sabía que estaba en desventaja porque no tenía hijos como los tres varones que Penina le había dado a Elcana. Al igual que sus historias, ella también se preguntaba acerca de los planes de Dios para su vida. Su ocasional rival siempre la irritaba, haciéndola enojar y entristeciéndola por no tener hijos. Una vez recibió un insulto grave: “¡Dios te ha cerrado la matriz!” Esa frase penetró hasta su alma, mientras débiles lágrimas brotaban de sus celestes ojos, los más hermosos que a cualquier mujer le gustaría tener.
Sabía que en su familia la esterilidad era casi una herencia para las mujeres y eso, para sus vecinos hebreos, era un castigo del Altísimo. Esa concepción la deprimía porque por más que se esforzaba en hacer lo correcto, pesaba sobre ella la creencia popular de ser una mujer castigada por un delito que no había cometido. Pero lo que ella no sabía, era precisamente, que Dios tenía un hermoso plan para ella, para su familia y para el pueblo de Israel. Los planes de Dios no son los mismos que de los hombres. Sólo era cuestión de esperar.
Cuando llegó el viernes, día del sacrificio que su esposo debía presentar, ella también ingresó al tabernáculo, que era el templo del pueblo de Israel, pero sólo hasta el área de las mujeres. Entró para orar y lo hizo con amargura del alma. Lloró mucho e hizo una plegaria al Altísimo, hablando para sí misma y sólo moviendo los labios, sin darse cuenta que Elí, el sumo sacerdote la estaba observando con atención.
Ella ensimismada en sus pensamientos, lloró amargamente y prometió a su Dios que sí él le concediera un hijo se lo dedicaría exclusivamente para su servicio. Puso a prueba su amor de futura madre, pero entendía también el valor de una promesa. En su mente se imaginaba al niño jugando en su regazo y contándoles nuevas historias para que se duerma. Pero sólo soñaba despierta.
El sacerdote Elí, ajeno al dolor de aquella mujer, se acercó presuroso y la regañó.
– ¿Hasta cuándo estarás ebria? ¿No sabes que estás en la casa de Dios?
Ana sorprendida, balbuceó y sólo atinó a decir: “Perdóname señor, no estoy ebria. Sólo soy una mujer atribulada de espíritu y he derramado mi alma delante de mi Dios”. La pregunta fue tan directa que no tuvo tiempo de reaccionar cómo lo hubiese deseado.
Ante la respuesta clamorosa de Ana, el viejo sacerdote no supo qué responder, simplemente se alejó sin fisgonear, sin antes volverla a mirar y decirle: “Ve en paz y el Dios de Israel te otorgue la petición que le has hecho”.
Un año después nació Samuel, quien fuera considerado el profeta más grande que tuvo Israel cuando no tenían autoridad gubernamental, mientras que Ana tuvo tres hijos más y 2 hijas. Lo que pareció imposible, fue posible para Dios.
© César Sánchez Martínez
© “Historias de fe”. / Callao, 2022. / WHATSAPP: 949 172 202
